Mes: marzo 2020

La época que cambió el mundo tal y como lo conocimos

Dice un sabio refrán, «el peligro que no se previene, más presto viene». La soberbia occidental y la incompetencia de la clase política de los países “avanzados” europeos ha facilitado el contagio de COVID-19 en sus pueblos.

En muchas naciones de la Unión Europea (UE) se pensaba, que ni de lejos, “éramos como China”, cuando veíamos por televisión las desoladoras imágenes de Wuhan con calles vacías, espíritus desconcertados por el súbito brote y corazones desconsolados por las muertes que éste provocaba.

El primer contagio de COVID-19 del que se tiene conocimiento al día de hoy tuvo lugar el 17 de noviembre de 2019. Desde entonces muchas cosas han pasado, pero pocas son buenas, de hecho, la noticia cada día ha sido la misma pero incrementando los números, tanto de infectados y fallecidos, como de una transfronterización de los contagios sin respetar aduanas ni fronteras.

En Europa, el primer país en caer fue Italia y muchos días más tarde, en España se decreta el Estado de Alarma, el 13 de marzo de 2020, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud liderada por Tedros Ghebreyesus semanas antes venía advirtiendo reiterada y desesperadamente: This is not a drill. This is not the time for giving up. This is not a time for excuses. This is a time for pulling out all the stops. Pero sólo escucharon quienes quisieron hacerlo, y Europa no quiso.

Llama la atención que las instituciones de la UE han pasado de puntillas intentando pasar desapercibidas a pesar de haberse reunido el 10 de marzo pasado para analizar esta crisis sanitaria. Ello se explica porque a pesar de dicha reunión de los estados miembros de la UE, en la práctica, cada gobierno está gestionando la crisis de forma completamente independiente y aislada a nivel sanitario, social, económico, productivo y desde luego en cuanto a la comunicación.

Insulta la manera en la que los gobiernos han reaccionado cuando se pudieron tomar medidas mucho tiempo antes. Ausencia de planificación, de humildad y de sentido del deber para con su pueblo, son frases que aparecen repetidamente en los debates de los que hoy estamos sacrificando nuestro modo de vida en confinamiento gracias a las autoridades que no han hecho su trabajo durante todos estos años.

No es la enfermedad la que nos tiene contra las cuerdas, es la falta de preparación, la ausencia de previsión, la apuesta por la improvisación, y esa displicencia de los que toman las decisiones cuando los ciudadanos de a pie nos hemos preocupado por proponer mejoras, y donde la respuesta de los políticos ha sido en resumidas cuentas “somos los mejores, no hay nada qué mejorar” (cuando se dignan a dar una respuesta).

España es considerada junto con Canadá o Finlandia uno de los mejores sistemas públicos sanitarios del mundo. Con mayor razón no se entiende que actualmente los hospitales (fijos e improvisados) ahora tengan que elegir entre la vida de una persona u otra, debido a la falta de unidades de cuidados intensivos, respiradores y demás materiales médicos básicos escasos o inexistentes.

El problema nunca ha sido (ni será) no tener suficientes camas, o respiradores o material médico, el problema es que no se debió llegar a este punto. Todo profesional sanitario sabe que la mejor atención médica es la prevención y la profilaxis. Si atendemos enfermos ya es demasiado tarde, lo óptimo es prevenir que la gente enferme. Los políticos dirán que el brote en el corazón de la provincia china de Hubei les tomó por sorpresa, pero esta mentira se desmorona con facilidad porque en realidad no se ha hecho nada desde los brotes del SARS o del ébola, y mire usted que ya han pasado años de esto…

Comencé a escribir este blog motivado inicialmente por la decepción en la gestión (si se puede llamar gestión a lo que sea que hacen) de esta crisis por parte del gobierno del país en el que vivo, pero centraré mi análisis en otras cuestiones confiando en que, con el tiempo, paguen todos los holgazanes e incompetentes por las decisiones que han provocado que miles de personas estén y sigan perdiendo sus trabajos, su salud o sus sueños, y especialmente a sus seres queridos.

Sin ánimo de considerarme un experto, y cambiando el rumbo de las ideas, creo que lo peor está por venir. La crisis sanitaria tiene fecha de caducidad (aunque no sepamos cuándo), pero luego se superpondrá una crisis de otro tipo que acusadamente está floreciendo con las históricas caídas de las bolsas en muchos puntos del globo en los últimos días, lo que justifica la sospecha de una situación similar a la de la crisis de 2008, o si cabe, peor.

Pero señalamientos aparte, esta situación cambiará el mundo tal y como lo conocemos. Muchas personas no habían vivido jamás el confinamiento y mucho menos en condiciones harto parecidas a una situación bélica, con ejércitos desplegados, morgues improvisadas, industrias dedicadas a objetivos marcados por los gobiernos o limitaciones de nuestros derechos y libertades.

Esta crisis no hará sino redefinir nuestras vidas, y sin ánimo a exagerar, creo que habrá un antes y un después en nuestra historia cuando la crisis pase, incluso con repercusiones más profundas que los ataques terroristas del 11-S. Mucha de esta redefinición demandará cambios sociales dolorosos pero también hará florecer determinadas áreas positivas inexploradas. Es algo que ya ha  ocurrido en el pasado. Las guerras, las desgracias naturales y los momentos de desasosiego son los que han detonado la creatividad y la innovación en nuestra especie. Recuerdo el coche de mi amigo Nerai en Cuba, que debajo del capó tenía una serie de alambres, piezas de neveras, cables de lavadoras, filtros de aires acondicionados y hasta material escolar que sujetaba y al mismo tiempo hacía funcionar el motor, a pesar del bloqueo político y económico que persistía en la época en que estuve de visita y que, evidentemente, dificultaba conseguir un simple recambio.

Grandes inventos han visto la luz en grandes depresiones, como la penicilina, la síntesis del amoníaco o las mantas térmicas de los botiquines. Por ejemplo, trabajar desde casa no es algo nuevo. Desde la década de los 70 ya se tenía la idea de “llevar el trabajo al trabajador y no el trabajador al trabajo”, lo que acuñó el concepto de telecommuting (cortesía de Jack Nilles). Sin embargo muchas organizaciones actualmente no sabían cómo implementarlo para que fuese eficaz, y muchas otras incluso dudaban de su eficacia.

Ahora, debido a esta crisis, atestiguaremos cómo el teletrabajo que muchos están forzados a realizar por las circunstancias, una vez que las restricciones se levanten y hayamos vencido al virus, se seguirá realizando en muchos sectores de forma natural. El hecho es que ahora se han tenido que realizar estos ajustes en el trabajo y no ha quedado más remedio que adaptarse. Incluso muchos se han llevado una grata sorpresa, especialmente los más escépticos, que ahora reconocen sus bondades y ventajas y vislumbran oportunidades futuras.

Muchas personas que se encuentran confinadas han descubierto que pasar tiempo con la familia no es “tan malo”, otros han reconocido nuevas formas de entretenerse además de la televisión, el móvil e Internet, especialmente con entretenimientos analógicos. A otros les ha dado por organizar los enseres de la casa, hacer deporte o hacer bricolaje. Pero del mismo modo otras oportunidades inexistentes antes de la crisis comienzan a florecer, como cambios en la logística, aparición de nuevos servicios, y productos novedosos fruto del ocio, el ingenio y la audacia. El gran consumo de ancho de banda y la propia necesidad han parido al prefijo primogénito “tele” al que le siguen sus hermanos: teleconferencia, teletrabajo, telecomunicación, telemática, teleenseñanza, teleconsulta médica, telebanca, telecompra, teleconciertos, y telegestión.

Otro beneficio que sobrevendrá a la superación de la época oscura que estamos viviendo es el hecho de organizar las cosas de una manera distinta. Más que nunca la eficacia de los procesos, la productividad y la eficiencia de los recursos (incluidos los humanos) será una prioridad y para ello hace falta que las personas estén formadas en competencias profesionales.

Asimismo, los gobiernos tendrán que ponerse a trabajar o lamentarán el desprecio del pueblo que les ha puesto ahí para servir al país. Los políticos deben ser hombres y mujeres que muevan montañas no que se oculten tras ellas. Habrá de valorarse más la inversión en investigación y educación que en salarios de deportistas.

Los hábitos de compra y su frecuencia cambiarán también, reduciendo el impacto de éstas y otras actividades en el entorno. Paradójicamente y aunque parezca una obviedad, incluso los hábitos de higiene se verán potenciados también como consecuencia de todo esto.

Las personas también han descubierto que, estando en casa, hay vida más allá de Netflix, y que es interesante aprender cosas nuevas gracias a Internet, como idiomas, técnicas o cuestiones de cultura general. Una buena forma de provechar el tiempo es la lectura, y me permito recomendar mi último libro “La magia de lo simple: ¿Producir o ser productivo?” que, cuando las circunstancias lo permitan, estará a la venta en físico en varios países. De momento sólo lo tenemos en formato electrónico en nuestra web.

Adicionalmente, la gente también está haciendo consciencia de la responsabilidad que implica no creerse los bulos ni mucho menos hacerlos virales a través de las redes sociales. Asimismo, el entorno permitirá que favorezca la solidaridad por el GRAN EJEMPLO (así con mayúsculas) que lideran todos y cada uno de los héroes sanitarios que exponiendo su salud y su vida están salvando muchas otras y también el de otras profesiones que permiten que tengamos servicios básicos y comida. Para ellos todo mi respeto.

Es muy importante comprender que esta crisis requiere de una potentísima dosis de unión y trabajo en equipo, paradójicamente en aislamiento. Ese trabajo en equipo a nivel sociedad pasa, de momento, por quedarse en casa, y que los irresponsables que siguen saliendo, convirtiéndose en vehículo de transmisión del virus (y en alargamiento del confinamiento), entiendan que compartimos un espacio que es de todos, y que lo que queremos todos (o casi todos) es disfrutar de nuestra vida y de los que nos rodean.

Recuerda, los miedos los generamos cuando estamos sentados, pero los superamos cuando nos ponemos de pie y actuamos. ¡Actuemos!